El Pentágono lanzó una ofensiva relámpago contra la infraestructura hidrocarburífera de Teherán luego de que la Guardia Revolucionaria intentara hundir dos buques de guerra norteamericanos. Washington advirtió que continuará destruyendo la flota mercante del régimen islámico si persiste el asedio en el estrecho de Ormuz.
Las aguas del Golfo Pérsico se transformaron en el escenario de un enfrentamiento directo de alta intensidad entre las fuerzas armadas de Estados Unidos e Irán. Tras evadir con éxito una ráfaga de misiles balísticos dirigida contra dos de sus buques de guerra, el Comando Central estadounidense (CENTCOM) desplegó un contrataque quirúrgico que culminó con la destrucción total de tres buques cisterna dedicados al transporte clandestino de crudo iraní.
El incidente marcó una drástica escalada en el pulso por el control de las rutas marítimas estratégicas. Las embarcaciones neutralizadas —las naves M/T Downy, M/T Stark 1 y M/T Kylo— fueron alcanzadas por proyectiles de precisión cerca de la isla de Jarg y el golfo de Omán. Según los mandos militares norteamericanos, las maniobras se ejecutaron previa advertencia de evacuación a las tripulaciones para minimizar las bajas civiles, apuntando directamente a desarticular la red logística que financia al Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI).
La respuesta política desde Washington no tardó en subir de tono. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, lanzó un tajante ultimátum al afirmar que la flota petrolera iraní carece de cobertura aérea o naval defensiva, por lo que responderán con el hundimiento de nuevos buques ante cualquier provocación. El objetivo táctico de la administración estadounidense pasa por imponer un costo económico asimétrico y cortar la vía de financiamiento de las milicias aliadas a Teherán.
Por su parte, los medios estatales iraníes confirmaron los ataques en las inmediaciones del enclave de Jarg —punto neurológico por donde fluye el 90% de las exportaciones de petróleo de ese país— y anticiparon una contestación severa por parte de sus fuerzas armadas. El intercambio de fuego mantiene paralizado el tránsito náutico en el estrecho de Ormuz, encendiendo las alarmas en los mercados globales de energía ante el peligro inminente de un desabastecimiento a gran escala.
La destrucción de las embarcaciones mercantes ratifica la decisión de la Casa Blanca de llevar el conflicto a un terreno de asfixia económica y despliegue de fuerza, en una zona militarizada donde el menor error de cálculo amenaza con desencadenar un choque bélico irrestricto.
